Las alas del deseo


A lo largo de estos últimos meses, en tografiado los amaneceres y atardeceres de mi trocito de Mediterráneo, pude ver la fascinación de las personas por estos acontecimientos diarios.
He visto a los mismos vecinos, día tras día, pasear a sus mascotas, hacer ejercicio, pasar corriendo con sus coches camino al trabajo… Pero siempre, en el momento en que el sol asoma, todos, y me incluyo, quedamos hipnotizados, quietos, casi sin respitar, hasta que el sol completa su tránsito.
Y siempre recuerdo, al ver todas esas personas observando un hecho cotidiano pero fascinante, a la extraordinaria película de Win Wenders «Der Himmel über Berlin» (Las alas del deseo), cuando los ángeles de Berlín se congregaban para ver (y escuchar) al amanecer.Y las palabras de Homero, el anciano poeta:
«El mundo parece ahogarse en el crepúsculo, pero yo narro, como al principio, en mi cantinela que me sostiene a salvo, por el relato, de las revueltas del presente y protegido para el futuro.»

«Se acabó el remontarse muy atrás de antaño. El ir y venir a través de los siglos… Ya sólo puedo pensar de un día para el otro. Mis héroes ya no son los guerreros y los reyes, sino las cosas de la paz, todas iguales entre sí: las cebollas que se secan tan valiosas como el tronco del árbol que atraviesa el pantano. Pero nadie a logrado aún, cantar una epopeya de la paz. ¿Qué le ocurre que no puede seguir fascinando por mucho tiempo, que se deja apenas narrar por alguien? ¿Debo renunciar ahora? Si renuncio, entonces la humanidad perderá su narrador. Y si alguna vez la humanidad pierde su narrador, al mismo tiempo habrá perdido su infancia. ¿Dónde están los míos, los simples, los primigenios?»

«Nómbrame, musa, al pobre cantor inmortal quien, abandonado por sus mortales oyentes, ha perdido su voz. El que del ángel del relato, se convirtió en el ignorado o burlado organillero, fuera, en el umbral de la tierra de nadie.»

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